El cementerio de las buenas intenciones.
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Autor: Pelayo Méndez.
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lunes, 5 de noviembre de 2007

Un taxista

El taxista habla de su hijo, hace tan sólo un mes que se ha ido a vivir a Londres. Los billetes de avión son más baratos en estas fechas por lo que él y su mujer están planeando hacerle una visita el próximo fin de semana. Los asientos del taxi son bastante incómodos. A mi lado M. sonríe mientras ve pasar el mundo por la ventanilla. El cielo está nublado y el aire de la tarde es azul brillante. Deslizo la mano despacio y la poso con suavidad en el estómago de M. El mes pasado, tal vez en las mismas fechas que el hijo del taxista alzaba el vuelo, visitamos al médico por última vez. Aquel día M. estaba muy nerviosa, no había dormido en toda la noche, esta vez sin embargo parece más tranquila. Lleva un jersey verde de cuello alto y una falda negra, esta misma mañana ha ido a la peluquería, tiene el pelo algo más corto que de costumbre. Le sienta muy bien. Me inclino hacia ella y le susurro al oído lo guapa que está. M. sonríe sin apartar la vista de la calle. Cuando nos acercamos a la manzana del hospital le pido al taxista que nos deje lo más cerca que pueda de la puerta. Desciendo del taxi y ayudo a M. a salir. Ella acepta mi mano forzando otra sonrisa. Mientras pago la carrera le deseo suerte al taxista con su viaje a Londres. Igualmente, me responde inclinando la cabeza. Con paso lento M. ha alcanzado la entrada de urgencias. La observo mientras las puertas automáticas se abren a su paso para volver a cerrarse de nuevo.

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