El cementerio de las buenas intenciones.
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Autor: Pelayo Méndez.
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martes, 5 de febrero de 2008

Escaleras de incendio

A. le tiene una manía cariñosa a mis relatos. Lo entiendo, es un lector de buen gusto académico que no perdona. A la tercera copa empieza a hablar en código haciendo burla. Entonces llegó A. y le dijo a T. ponme otra copa, dice al camarero. Después se ríe y me ataca diciéndome que no se hablar bien más que de mujeres y de amor. Tal vez es cierto, pero después de pensar un rato ello no se me ocurre ningún otro tema mejor, así que suelo tomármelo como un elogio discreto. Por otro lado le respeto mucho, tiene más dignidad que yo, desde hace años sus textos acaban cada semana en la papelera. ¿Por qué? - pregunta A. Me he despistado, no entiendo a qué se refiere. A las mujeres, me aclara. Dudo un momento. Improviso. Creo que fue por aquel primer beso, le respondo, allí empieza todo siempre. Vaya respuesta, me espeta, para ti y para todos, no me vale. No, no, trato de aclararle, verás, la primera chica a la que besé de verdad lo hice delante de su hermana gemela. Nos escapábamos los tres a fumar a escondidas en la escalera de incendios del colegio, me gustaba mucho. Una tarde le pasé el brazo por la cintura, cerré los ojos y comenzamos a besarnos pero en medio del beso los abrí y por encima de su hombro pude ver a su hermana que nos observaba enfadada y con desprecio. ¿Y? - interrumpe A. Eran idénticas ¿comprendes? fue como estar todo lo cerca de una chica que pensaba se podía estar, besándola, y sin embargo ella seguía a varios metros de mí, lejos, totalmente disgustada. Supongo que comprendí demasiado pronto, bromeo. A. deja la copa sobre la mesa y me mira de arriba abajo con seriedad, se gira en su taburete y pierde la mirada en el botellero de la barra. Te lo estás inventando - susurra. Sonrío levemente. Claro ¿qué esperabas con esa pregunta? - le contesto, me has pedido un cuento. A. se vuelve bastante irritado. Estás perdiendo el tiempo, no existen las musas y además las mujeres no tienen solución. Ahogo una carcajada en mi vaso, es curioso, también en este asunto resulta académico, no puede evitarlo. En realidad - le digo. A. No creo que haya ningún problema que solucionar. A. levanta su copa y brinda en la distancia, al observar su cara enrojecida me doy cuenta de lo bebidos que estamos. Las mujeres... comienza a decir, están equivocadas, en todo, no te das cuenta de que ellas siempre dicen que no podemos hacer dos cosas a la vez. Genial, pienso, otro tópico con generalización, sí que debemos estar borrachos del todo. Pues... continúa A., está claro, así con todo, no se dan cuenta de que no es que no podamos hacer dos cosas a la vez, todo el mundo sabe que la única manera de hacer las cosas bien es hacerlas de una en una. Están locas, no sé qué quieren demostrar. Y ahora se dedican a copiar lo peor de los hombres y a hacer series de televisión y escribir como hipocondríacas sobre ello. Hay que joderse - concluye A. Se gira de nuevo en el taburete hacia la barra y bebe un largo trago de su vaso mientras contempla el espejo que hay tras la barra como si hubiera encontrado en él alguna respuesta existencial. Bueno, le digo, tal vez no siempre sea así. Él lo sabe, yo lo sé, o al menos es lo que deberíamos querer creer. A. me mira con paternalismo, se levanta y acercándose a mí me pone la mano en el hombro. Me muero y no te educo, dice A. de las mujeres no puedes esperar que sean fieles, tan sólo que sean discretas. Después vuelve a su sitio y arquea la espalda sobre la barra como protegiendo su copa con el cuerpo. No sé que contestarle. Bebo en silencio. Uno a uno me asaltan todos los recuerdos en los que su argumento se realizó. No consigo pensar en otra cosa. Levanto la mano para pedir otra copa y miro el reloj. Apenas son las doce. Me siento vencido. Bebo un trago del whisky que me sirve el camarero y me preparo para esperar no sé el que, tal vez que A. diga algo. Ambos miramos nuestra imagen en el espejo que hay tras la barra, contemplándola sin decir palabra. Cierro los ojos. Me dejo mecer por el efecto del alcohol mientras me prometo no escribir más sobre mujeres. Por más que lo intento no consigo recordar el nombre de la chica de la escalera de incendios. El de su hermana sin embargo me llega a la memoria muy claramente. Vuelvo a mirar el reloj. No se ha movido. Va a ser una noche muy larga.

1 comentario:

Guillermo N. A. dijo...

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jejeje... cuando pensé que por fin habías publicado algo "malo"... reivindicas todo en el último parrafo... y resulta, no que hayas "arreglado el rumbo", sino que arreglaste nuestra perspectiva... supongo que de eso se trata todo...

Gracias...
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