El cementerio de las buenas intenciones.
http://elcementeriodelasbuenasintenciones.blogspot.com

Autor: Pelayo Méndez.
mf.pelayo@gmail.com

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martes, 17 de agosto de 2010

(guerra) y paz


Vuelves a casa, después de doce horas vendiendo móviles en una tienda del centro. Te miro de reojo pero sin que sientas que te observo. Escucho tus historias sobre a quien ha despedido o los encargos que no acaban de llegar, sobre las tarifas que fluctúan en la comunicación, mientras te desnudas a lo largo de la casa. Y siento que acaba el día y he perdido otra oportunidad de arrancarte la ropa. Me gusta tu uniforme, lo sabes. Más de una vez lo he destrozado para hacerte el amor y luego tu has tenido que dar ex-plicaciones a tu jefe para evitar que te lo descontaran del sueldo.
Pero esta noche ya no me encuentro bien, demasiados blogs a lo largo de la tarde, demasiados relatos que hablan de la falta de amor disfrazada de indiferencia, demasiadas horas frente a la pantalla leyendo líneas que hablan de mundos espectaculares que no comparto.
- Es porque vivimos con el televisor apagado, cariño.
Y quizás por eso tu sólo tienes ganas de coger tu novela del XIX y sentarte callada en el sofá durante un par de horas antes de dormir.
Escribe algo, dices, como quién le tira un palo a un perro para que vaya a buscarlo y le deje solo en (guerra) y paz.
Y eso hago. Por si tal vez lees esto mañana.

Adicción


J. siempre duerme con un libro bajo la almohada. Por las mañanas, antes incluso de abrir los ojos, lo busca a tientas con la mano. Abre cualquiera de sus páginas al azar y medio dormida comienza a recorrer sus líneas. Me levanto a preparar café, enciendo un cigarrillo, busco algo de música en la radio y voy despertando la casa, mientras espero a que J. encuentre algo que le sirva entre las páginas para levantarse. Después se sienta a la mesa del desayuno, sonámbula, sin detener la lectura. Algunas mañanas deja el libro a un lado de pronto sin decir nada, otras me lee en voz alta el pasaje donde se ha detenido y que será el elegido para acompañarla el resto del día.

Esperas que desaparezca la angustia
Mientras llueve sobre la extraña carretera
En donde te encuentras

Lluvia: sólo espero
Que desaparezca la angustia
Estoy poniéndolo todo de mi parte

- Lo que no dice es hacia dónde.
Le sonrío. Sirvo el café. Enciendo otro cigarrillo. La observo y pienso en lo mucho que me gustan sus medicinas. Su forma de convivir con los fantasmas que escriben su historia. La forma que tiene de no despertar nunca del todo a la vida.

jueves, 12 de agosto de 2010

Atascos


mujeres gordas dominan
las rutas más cortas
por los pasillos del metro
las recorren con calma
optimizando día a día su trayectoria
caminan despacio una detrás de otra
respetando una distancia prudente de seguridad
se conducen como expertos camioneros
viajando por carreteras secundarias
y he aprendido a pegarme a su culo cada mañana
para no llegar demasiado tarde a trabajar
para superar los rebaños de turistas, que atascan
la jungla subterránea de la ciudad de agosto
igual que John McLane
escondido detrás de una ambulancia
atravesando a toda velocidad
la hora punta del tráfico de Manhatan

Yippi Ka yey, ¡Hijo de puta!

sábado, 12 de junio de 2010

Pentatónica de Blues


Una pianista diletante se ha mudado al piso de arriba. Por las mañanas sus escalas reincidentes atraviesan las paredes en cuanto la casa se descuida y guarda silencio. Por las noches se oyen gritos en el piso de abajo ¡Estoy harto! ¡Estoy harto! Son seis personas viviendo en una casa para dos, es de entender. Pero hoy suena un disparo y por primera vez en semanas consigo dormir tranquilo. Me cruzo con la policía por las escaleras. Buenos días, buenos días. Mientras policía 1 le explica al tipo que se lo van a llevar. Él pregunta si a la cárcel. Policía 2 aclara que no, primero a la comisaria. Compro el pan, preparo el desayuno y al asomarme a la ventana descubro un sujetador negro posado en el tendal. Tardo un momento en recordar que ya no vives aquí. Debe haberlo perdido la pianista del segundo. Además es demasiado grande para ser tuyo. Y mientras van llegando de nuevo las escalas (hoy toca Pentatónica de Blues) pienso que voy a tener que ir considerando la opción de cambiar de barrio. Porque esto empieza a a coger tintas de cuento de Dostoyevski y sus historias, ya se sabe, nunca terminan bien. Dijo Vladimir, hundiendo la cara en el barro.

martes, 8 de junio de 2010

¿Qué va a tomar?


Me siento en la barra de la cafetería. Es la primera vez que entro en este local. Es un pasillo estrecho que conduce a un comedor. Los taburetes casi no caben entre la barra y la pared.

- ¿Qué va a tomar? -pregunta el camarero.
Me quedo mirando a un hombre vestido con un uniforme de conductor de autobús. Le señalo indicando al camarero que él estaba esperando antes que yo. El camarero me sonríe y me hace un gesto con la mano para que no me preocupe.
- Vale, - respondo - un café con leche.
El camarero se vuelve hacia la cafetera. Coge dos vasos y comienza a preparar los cafés. Miro al hombre y este a su vez mira fijamente al camarero con una sonrisa en los labios.
- Él ya está servido - comenta el camarero - siempre toma lo mismo. ¿No V.? Todos los días son iguales. Ya no hace falta preguntar.
Concluye con cierto orgullo el camarero mientras me tiende una taza de café humeante. Hace lo propio con V. después se va hacia la parte trasera del local para atender las mesas. V. y yo bebemos el café en silencio.
- Da igual... - V. trata de decir algo, no le escucho.
- ¿Cómo? - y me hace un gesto para que le pase un periódico que está sobre la barra. Se lo acerco.
- Digo que da igual. Todos los días me sirve lo mismo. Antes de que pueda pedirle algo diferente. Gracias - añade. Y abriendo el periódico al azar, lo apoya sobre la barra y comienza a leerlo.

miércoles, 5 de mayo de 2010

[Ella entro en mi vida por una ventana]


Ella entro en mi vida por una ventana. Leí, no hace mucho, que las cosas que entran por las ventanas llegan para quedarse para siempre. El hombre que lo escribió avanza siempre a través de las ventanas. Mencionarlo sería hacerle entrar en este relato por una puerta. No es necesario. Ella, no nos olvidemos de Ella, importante aunque accesoria, estaba sentada en la estación de metro. La observe tras la ventana del vagón mientras el tren se detenía despacio. Escribía nerviosa en una libreta. Me acerque y le pedí prestada una hoja. Tenía los ojos azules y brillantes, algo digno de elogiar bajo las luces fluorescentes de los andenes. Le pedí una hoja, trataba de no olvidar una idea que me rondaba en la cabeza. No la vi a ella. Vi la hoja. Necesaria y accesoria. Me senté a su lado para anotarla, la idea. Yo me bajaba. Ella no subía. Estaba allí. Sentada en la estación, escribiendo. Y los trenes llegaban, se marchaban y ella sin prisa por ir a ninguna parte. Yo siempre subo y bajo de los trenes. Voy a trabajar, a pasear, a pretender que hago algo importante, a encontrarme con la vida. Vuelvo a casa. Me encuentro y me pierdo. Hay un hombre. Otro hombre en esta historia. Que encuentro cada mañana en la estación donde hago transbordo camino del trabajo. Siempre está leyendo y tampoco nunca toma ningún tren de los que pasan. Tiene el pelo cano. Su cara me resulta familiar pero no alcanzo a recordarla. Tiene el pelo cano. Los ojos también azules. Y está sentado cada día en el mismo metro cuadrado de esta historia. Pero ese no hombre no escribe. Anote en esa hoja, que ella me dio: "Los discos de Nick Drake parecen no terminar nunca, aunque al final lo consiguen" A Drake también le gustaban las ventanas. Y después de hacerlo, la idea importante se volvío un sin sentido. Una de esas ideas que necesitan más tiempo para cobrar sentido. Como este texto. Como un polvo rápido en medio de una relación de sexo mantenido imposible de prever. De momento la anoté. Y la miré a ella. Y pensé en el hombre de las mañanas. Después me acerqué y le conté la historia. La historia de ese hombre que como ella no iba a ninguna parte, el hombre con el desayunaba en silencio la vida cada mañana. Le conté la historia del escritor que avanzaba a través de las ventanas. De las cosas importantes aunque accesorias. De las letras de Drake. Ella entro en mi vida por una ventana. Le pedí prestada una hoja. En el verbo prometí devolvérsela. Estoy en ello.

sábado, 24 de abril de 2010

Dos gaviotas

En la radio del taxi suena Julio Iglesias. "Hay quien te hablará de un mundo mejor... Yo sólo te hable de todo mi amor..." La, la, la. El taxista me pregunta si está bien la música, o prefiero que la cambie. "Y de nuevo a caminar... olvidando aquel error..." Dios mío.
- No, es perfecta - contesto.
La noche sigue su curso tras las ventanillas del coche. Las calles están abarrotadas de gente con flores rojas y blancas. Se celebra el día del libro en la ciudad y es costumbre regalar una rosa a la persona amada para celebrarlo.
- ¿Qué, de retirada? - pregunta el taxista mientras Julio nos obsequia con otro de sus análisis freudianos de la realidad por los altavoces: "Si el amor llama a tu puerta... que la encuentre siempre abierta..."
- Si - respondo - estoy cansado, ya toca retirarse.
- ¡Huy! - increpa el taxista poco convencido ¿No va bien la cosa, eh?
- ¿Cómo?
- Que es muy temprano para irse para casa, quiero decir, no debe ir bien.
Genial. ¿qué ha pasado con los taxistas que hablaban sólo de fútbol?
- No... no va bien - respondo dudando.
- Bueno, no se preocupe - me anima el hombre - Mi abuelo solía decir que cuando se cierra una puerta se abre una ventana.
Pienso un momento en la frase. No me parece muy alentadora.
- ¿Para saltar por ella? - pregunto.
El taxista se queda callado. "Confieso que a veces soy cuerdo y a veces loco, y amo así la vida y tomo de todo un poco..." se arranca Julio de nuevo. Lo que nos faltaba pero el taxista baja de golpe el volúmen de la radio.
- No, no para saltar por ella - me aclara - Se refiere a que si se cierra una salida siempre encuentras otra. Siempre hay alguna salida. Tienes que pensar en eso. Te voy a poner una canción que me encanta - amenaza mientras empieza a trastear con las pistas del cd.
El taxi se detiene en un semáforo, junto a la Plaza de toros mientas escuchamos, uno tras otro, silencios y comienzos de canciones del Iglesias en busca del temazo. Me acurruco en el asiento y espero temblando la nueva puñalada lírica que se me viene encima.
- Aquí está - dice el taxista... La vida es así, como en esta canción...
Genial, pienso. Aquí vamos.
"Llegar a la meta cuesta... te cuesta tanto llegar... y cuando ya estás en ella, mantenerte cuesta más..." Escucho atentamente a Julio tratando de conservar la autoestima, aunque el entorno se ha vuelto demasiado hostil. "La gente tira a matar... cuando volamos muy bajo... Amigo aproveche el viento... mientras sople a tu favor... que el aire te lleve lejos, cuanto más lejos mejor..." Cantan Julio y el taxista a dúo.
- ¿La gente tira a matar? - increpo al taxista tratando de detener el concierto.
- Si, responde muy convencido. La gente tira a matar cuando volamos muy bajo. Pero si vuelas muy alto también, te agarran y tratan de bajarte para abajo. Por eso hay que ser gaviota. Las gaviotas vuelan justo en la altura correcta - explica quitando una mano del volante y haciéndola flotar en el aire - Hay que ser siempre gaviota, amigo - sentencia.
El taxi se detiene en una calle cercana a mi casa. Pago la carrera y bajo del taxi. La voz de Julio se extiende ahora por la calle silenciosa llevada por el viento.
- Buenas noches - se despide el taxista - Y no se preocupe, todo se arreglará. Vuele alto amigo.
Ya... acierto a balbucear mientras observo como se aleja y comienzo a subir la calle con la cabeza llena de dudas. La acera está repleta de pétalos de rosa. Camino entre ellos tratando de no pisarlos. Me sorprendo pensando con cierto desprecio en lo contento que estaba antes de subir al taxi. Volando cada vez más bajo. Un poco triste y con ganas de saber como terminaba la canción.

viernes, 21 de agosto de 2009

Un buen día

Madrugada de oficina. Calor de agosto. Entro agotado en el vagón de metro y me dejo caer pesado en uno de sus asientos vacíos. Frente a mi una chica joven, un vestido suave, morena, con un flequillo muy corto y el pelo revuelto. Mantiene la mirada fija mi bolsa. Es una vieja mochila de cuero desgastado que a menudo llama la atención de los extraños. La chica mira la bolsa, yo la observo a ella. Tiene aspecto de no haber dormido en toda la noche y de regresar a estas horas a casa. Me gustan sus zapatos. Son escasos, unas princesitas redondeadas y recubiertas de purpurina. Los pies juegan a escaparse de su celda, están llenos de heridas. Los zapatos deben de ser nuevos y aunque están un poco sucios tal vez han sido estrenados esa misma noche. Me pierdo de inmediato en ellos, es normal, los zapatos de verano de una mujer están llenos de recuerdos. Y al subir de nuevo la vista un cruce incomodo de miradas hace que los dos nos apartemos la cara sonriendo. La vergüenza quiere entonces que las paradas sucedan lo mas pronto posible a medida que nuestros ojos van chocando y retrocediendo. Cuando aparece mi destino nos levantamos los dos al mismo tiempo. Ella se acerca a una de las puertas del vagón, yo me dirijo a la contraria. Ya en el andén, la encuentro detenida. Cuando paso a su lado, camino de la salida, algo golpea mi pie. Bajo la vista y encuentro uno de los zapatos color purpurina. La chica se acerca sonriendo y se disculpa. A mi espalda alguien con prisa me empuja para que no me detenga y sigo mi camino. Quiero volverme a mirarla pero la marea de gente no me lo permite. Y en un instante, que parece un sueño, la chica pasa corriendo a mi lado, descalza, con los zapatos sujetos en la mano a su espalda. Corre con pasos cortos entre la gente, sin mirar atrás. Espero mi turno en las escaleras mecánicas sin prisa, mientras la observo desaparecer, escaleras arriba, corriendo ligera hacia el sol de la ciudad. Y en medio de la rutina que me rodea, la vida promete comenzar de nuevo.

martes, 30 de junio de 2009

Sueños


Busco el texto en el ordenador, carpetas y archivos, nombres de documentos que abro y no identifico. No aparece. Repaso entre los emails que he enviado, algunas veces me escribo, para recordarme, pero tampoco está ahí. Google docs no tiene ningún registro de los últimos días. Es extraño, recuerdo haber recortado sus párrafos, pulir las palabras, recuerdo medirlo y pesarlo hasta que cuadraron las cuentas. Recuerdo, haber pensado, que tiempo hacía tiempo no juntaba tantas líneas, que después de muchos meses había inventado por fin una nueva historia para Encuentros con entidades. Recuerdo dormir tranquilo, pero el texto no aparece. Tal vez fue un sueño, la escritura, las palabras. Conformarse con intentar imaginar lo que ya se ha escrito.


jueves, 12 de febrero de 2009

S.


ayer encontré a S.
después de tantos años
prendida una sonrisa en su mirada
me hablo del cuarto triste en el que descansaba
dormía en una cama de recuerdos
de la que despertaba envuelta en llamas
los días ya no pasan - afirmó -
le pregunté por Él y se extinguió en su voz:

ardió a mi lado hasta apagarse
y el viento se llevó sus cenizas

sábado, 10 de enero de 2009

Viento

El local está repleto. Se apagan las luces y el grupo comienza a tocar. La música es lenta y suave, como un viento frío que aspira a llenar habitaciones privadas en tardes de domingo o tal vez la cabeza de alguna mujer después de hacer el amor. Me hace pensar en Ella. La imagino leyendo en su cama, en la orilla del sueño, la historia del día. Y de pronto tropiezo con un cuadro en una de las paredes del bar. Representa un paisaje campestre, al fondo pueden verse dos montañas con forma de pecho de mujer, junto a la montaña izquierda luce el sol, muy cerca de la cima derecha la luna. Al pie de las montañas, en un plano intermedio, se extiende un bosque de árboles sin hojas, idénticos el uno al otro, como si los hubiera dibujado un niño pequeño. Delante del bosque hay un camino y un hombre detenido en él nos da la espalda y contempla el bosque desde una perspectiva similar a la de quien observa el cuadro. Pero está demasiado cerca como para que el paisaje que le rodea pueda recordarle el momento de abrir los ojos mientras se hace el amor a una mujer con la lengua. El trazo es torpe, los colores chillones. Me recuerda los dibujos que hacía en el colegio y al volver a casa colgaba en la nevera. La música se detiene. Suenan aplausos. Ha sido una canción preciosa, sí, pero lo siento tengo que irme. Salgo a la calle. Busco su número en el teléfono y detenido en mitad de la noche, tratando de decir el final, contemplo como el viento frío del invierno recorre la ciudad.

sábado, 3 de enero de 2009

B.

[ Imaginando la cara oculta de un relato de A. Espada ]

Mis paseos por la ciudad no me han conducido hasta el mar desde hace años. No ha sido una elección consciente. Simplemente ha sucedido. Mientras me siento en la arena de la playa pienso en B. La conocí en este mismo lugar, un día vacío y sencillo, como ella describía los días que la acercaban al mar. Nuestros pasos se cruzaron muchas veces por aquel entonces. La reconocía de inmediato en la distancia del paseo marítimo, su abrigo verde, su pelo cano, un andar cansado y sin prisa, propio de una mujer que ha llegado a su destino. Nos saludamos en varias ocasiones al cruzarnos pero siempre sin palabras, hasta que una tarde se sentó a mi lado en la arena. Intercambiamos nuestras vidas. Yo acababa de llegar a la ciudad. Desde el norte, le conté. Encantada con mi procedencia recordó para mí a un hombre que solía visitarla cuando estaba de paso en la ciudad. Él le hablaba del cielo del norte, de la lluvia, de dejar su trabajo y pasar tiempo juntos, de cambiar. Después de algunos años las visitas terminaron pero sus palabras siguieron llegándole en forma de promesas escritas en cartas. Fueron como vuestra lluvia - me contó B. un poco triste - cada vez más finas y dispersas, hasta que desaparecieron. Después B. guardó silencio. Le pregunté dónde estaba él ahora. Ella esbozó una leve sonrisa, y levantándose para irse contestó que probablemente se lo había llevado el mar. Sentado en la arena recuerdo el momento en que conocí a B. La busco con la mirada en la playa pero no aparece. B. tenía razón, el día es vacío y sencillo. Pierdo la vista en el mar. Me pregunto si también se la habrá llevado a ella.

viernes, 19 de diciembre de 2008

K.

K. ha cambiado de psicólogo. Es la segunda sesión. Me explica las conclusiones que ha sacado de la consulta. Al parecer su principal problema es que tiene un bloqueo.
- ¿ Un bloqueo ? - no entiendo.
- Sí, - explica K. - un bloqueo de escritor.
El cielo está gris, a punto de llover. Caminamos por una calle estrecha del centro de la ciudad esquivando turistas y vendedores ambulantes. Al cabo de un rato llegamos a una plaza rodeada por escalinatas. Comienzan a caer las primeras gotas. Miro a K. Tiene la mirada perdida en el pasado.
- K. - le digo - ¿Cómo puedes tener un bloqueo de escritor?
No contesta. Se encoge de hombros.
- Ya, suena un poco raro. Lo sé.
- K... en tu vida te has sentado a escribir dos líneas.
Se detiene. Me mira enfadado.
- Claro, entonces le das la razón, ese es mi problema - dice mientras levanta las manos hacia el cielo - un bloqueo de escritor.
La lluvia arrecia. Seguimos andando en silencio. La plaza vuelve a transformarse en una callejuela impracticable por el tráfico de paraguas. Propongo beber algo para escapar de la lluvia y nos deslizamos en el primer bar que aparece. Hay una mesa vacía al fondo del local. Nos sentamos y pedimos dos cervezas. K. está callado. Saco mi libreta del bolsillo y se la tiendo junto con un lápiz. No soy quién para contradecir a un médico aunque empiece a dudar de su existencia. K continua callado, sostiene el lápiz en alto y contempla el papel en blanco como si estuviera buscando algo en él. Pasan los minutos. De pronto K. firma el papel y deja el lápiz sobre la mesa. Después se reclina en la silla y da un trago largo a su cerveza mirándome con cara de satisfacción.
- Ves, - dice levantando el papel en blanco - te lo dije. Ni una sola palabra.
No sé que decir. Arranco la hoja en blanco de la libreta y se la tiendo a K.
- Deberías guardarlo, tal vez es lo mejor que vayas a escribir en tu vida.
K. rechaza la hoja sonriendo.
- Da igual, tira eso. - dice mientras se levanta para ir al baño.
Hago el gesto de arrojar el papel al suelo pero no lo tiro, vuelvo a mirar la firma nerviosa de K. en el papel, lo doblo cuidadosamente y lo guardo en mi bolsillo. Después de todo es una gran obra.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Recetas

S. es médico. Trabaja en un hospital cerca de donde vivo. Nos vemos a menudo para comer. Me cuenta anécdotas del hospital. Son bastante interesantes. Sobretodo para unhipocondríaco como yo que trata de atrapar datos de como funciona un médico. Sobretodo a la luz de sus ojos castaños. Hoy está especialmente guapa. Bueno siempre pero hoy se lo comento. Hace como si no hubiera oído nada.
- Está mañana - me explica S. - ha venido un paciente. Un señor bastante mayor. Se ha sentado frente a mi tranquilamente y cuando le he preguntado qué le pasaba me ha dicho que tenía una temperatura de 37,7. Le pregunté entonces si le dolía la garganta. Me dijo que no. Si tenía mareos. Me dijo que no. Si tenía algún otro síntoma, en fin. Nada. ¿Entonces? le digo. Entonces nada me contesta él. Todas las mañanas me tomo la temperatura. Unos días tengo 37. 37,2. 36,9 y de pronto hoy 37,7.
- ¿Eso es malo? - pregunto.
- No tonto - responde S. - Es normal. Pues nada, le digo que está bien, que no se preocupe, que no pasa nada. Que aunque le suba la temperatura es normal. Que tendrá vivir con eso. Y el hombre se indigna y me pregunta que si no le voy a recetar algo.
- ¿Y que le diste?
S. sonríe. Me coge de la mano y me mira directamente a los ojos.
- Un bolígrafo - añade - para que siguiera apuntando. - ¿pedimos la cuenta?
Digo que si con la cabeza. Aviso al camarero mientras S. rebusca en su bolso. Espero que no sea para sacar un bolígrafo.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Freelance

Para Xavi.

El tipo que hace la entrevista un imbécil. Un diseñador entrado en años que bromea con las chicas de la oficina mientras vamos hacia su despacho. Nos sentamos y le enseño mis trabajos. Los ojea sin mucho interés.
- Te voy a pasar un proyecto - cocluye al fin. A ver qué tal lo haces y si lo aprobamos te pasaré más trabajos ¿ok?
Estupendo, trabajar gratis. No respondo. El sitio no me gusta demasiado pero llevo tres semanas de agencia en agencia. No conozco la ciudad y es la primera oportunidad que me ofrecen.
- Puedes empezar ahora mismo, - adelanta él - Si quieres lo haces en casa pero te puedo buscar un ordenador en la sala de trabajo.
Y allí estoy, diez minutos más tarde, sentado frente a un divertido proyecto para un banco alemán. Reviso el material un par de veces y me pongo a trabajar. Hay otras tres personas en la sala. Reina un ambiente tranquilo. Se trabaja en silencio. Las paredes son de color claro y unos amplios ventanales al fondo hacen que entre bastante luz en la habitación. No está mal. Me fijo en mis compañeros. En la mesa de trabajo frente a la mía hay un chico joven, alto y delgado, con el rostro muy pálido, va vestido completamente de negro. Me detengo un poco más en él y noto que sus gafas son algo extrañas, uno de los cristales está medio desprendido y cuelga de la montura. No parece importarle. De tanto en tanto se tapa ese ojo con una mano y se inclina para mirar la pantalla del ordenador desde distintos ángulos. En posturas cada vez más imposibles. No parece muy contento con lo que ve.
A mi izquierda, un chico moreno y bajito que va en silla de ruedas trabaja en un diseño. Hace rato que vengo notándole porque cada poco echa su silla para atras un par de metros y mira la pantalla desde lejos. Después vuelve a acercarse al ordenador, mueve alguno de los objetos que hay en la pantalla impereptiblemente y vuelve a alejarse. Lleva veinte minutos con la misma caja de texto para arriba y para abajo. me está poniendo nervioso. A mi derecha hay una chica. Es menos aparatosa que sus compañeros. Trabaja muy concentrada, inmóbil, como una estatua. Trato de volver al banco alemán, busco los colores más aburridos que se me ocurren para hacer una propuesta. De pronto el chico de las gafas rotas lanza un alarido y levantándose de su silla empieza dar saltos por la habitación gritando insultos destinados a algún ser invisible o a cualquier ordenador que se cruza en su camino. Me quedo alucinado mirándolo pero nadie más parece notarlo. El chico de mi izquierda vuelve a echar su silla para atrás un metro. Observo su pantalla, sigue igual, ha debido mover otro milimetro la caja de texto. A mi izquierda la chica tampoco parece haberse inmutado por el loco de las gafas de cíclope. Pero al fijarme en su rostro me doy cuenta de que está llorando. Una lagrima contenida resbala lentamente por su mejilla, de pronto rompe a llorar con más fuerza y empieza a golpear el ratón del ordenador contra la mesa. Se levanta y sale corriendo al pasillo. Desde allí llegan unos gritos en alemán que aunque no entiendo tienen pinta de no querer decir nada agradable. El chico de la caja de texto se me acerca. ¿Qué estas haciendo? - se interesa. Señalo el pasillo preguntando por la chica. No sé - me contesta sin darle importancia - pasa. ¿Es el proyecto del banco no? me han pedido que te ayude a retocar el diseño. Dios, no voy a terminar nunca. Desvío la mirada hacia el chico de las gafas de cíclope, da vueltas en redondo sobre su silla giratoria mirándo al techo.
- Bueno, contesto. Creo que prefiero trabajar desde casa, ya te lo enviaré.
Recojo mis cosas y salgo de la habitación. En el pasillo la chica gritona se ha calmado un poco, está de pie en una esquina con la cabeza apoyada contra la pared, dándose cabezazos. Al pasar a su lado me despido de ella pero no debe saber que estoy allí. Creo que llevo demasiado tiempo lejos de la profesión.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Nada grave

Me encuentro a J. en la calle. Lleva en la mano una correa de perro y camina pensativo, con la mirada baja. Me acerco a él. Le saludo. Hace tiempo que no nos vemos. Se ha enfadado con su mujer. Siempre están igual. Nada grave. Me cuenta que está cansado de su trabajo, de su vida. Como todos. Nada grave. Le gustaría hacer algo diferente. Lleva tantos años trabajando en la misma empresa. Le aburre el trabajo de oficina. Es monótono, dice. Me habla del partido de ayer pero no puedo ayudarle. No veo casi nunca el fútbol. Así que nos quedamos callados y camino a su lado durante un rato. De pronto nos detenemos frente a un portal. Vivo aquí me informa J. Otea la calle y comienza a mirar la correa de perro un tanto preocupado. Se lleva una mano a la cabeza.
- ¿Qué ocurre? - le pregunto.
- El perro - dice J. Giro sobre mi mismo y lo busco en la calle pero no veo ningún perro.
- ¿Lo has perdido?
J. sonríe.
- No, no te preocupes. Me acabo de dar cuenta que me lo he olvidado en casa.
Nada grave.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Breve visita del tiempo

El día amanece gris y envuelto en un viento frío, pero todavía quedan restos del calor del verano en el aire. El sol no se retira aún, la mañana parece se tan sólo un aviso del invierno. Me visto con la prisa de llegar tarde al trabajo y apuro un café entre los "deberías haber" de no tener tiempo más que para salir corriendo. La calle está humeda, parece que una leve lluvia se ha despertado temprano para dar un paseo por el barrio. Sigo su rastro hasta la estación y entonces le veo. En las escaleras. Es un hombre de unos cincuenta años. Delgado. Con una descuidada melena, canosa, rizada. Viste gafas sencillas, una camiseta negra, vaqueros oscuros, deportivas gastadas de color negro y cuelga de su hombro una maleta de cuero deshilachada. Me siento en uno de los bancos del andén de la estación, junto a él. Abre su bolsa, saca un libro de ella y después de mirarme de reojo comienza a leer. El reloj que anuncia la llegada del próximo tren descuenta los minutos al ritmo de segundos. Cuando la cuenta llega a cero entró en el vagón detrás del hombre y me siento frente a él. El hombre levanta la vista. Me mira y sonríe sin sonrisa. Tiene un rostro cansado y dulce. Pasan las estaciones, el hombre lee y yo le observo. Cuando llegamos a la estación en que debo bajarme sé que él se levantará conmigo. No dudo que esta mañana compartimos el mismo destino. Y en el andén, antes de separarnos en direcciones contrarias, nos despedimos durante unos segundos, mirándonos frente a frente, en silencio. Después me alejo despacio. Delgado. Con mi melena rizada desordenada, mis gafas sencillas, mi camiseta negra y mis vaqueros oscuros, sobre mis deportivas gastadas de color negro y palpo, en mi maleta de cuero deshilachada, el libro que no me he atrevido a sacar en este viaje. En mi lado del espejo la calle luce de nuevo sol. Me noto sin prisa. Tranquilo. El verano ha vuelto a reclamar su lugar. Sin embargo, siento frío por dentro.

domingo, 31 de agosto de 2008

A fin de cuentas...

Para L.

L. me habla de una mujer que ha conocido esta tarde. Entró en la tienda donde ella trabaja cuando no había ningún otro cliente. Hablaba un inglés con acento alemán bastante forzado. Al parecer estaba de visita en la ciudad y le acababan de robar su equipaje. Había conseguido hablar con su marido y al día siguiente le enviarían algo de dinero. Se hospedaba en un hotel no muy lejos de la tienda y necesitaba que alguien le prestara algunas monedas para pasar el día. No mucho. Sólo para comer algo. L. me cuenta que le prestó a la mujer diez monedas y estuvo charlando con ella un buen rato. Era muy agradable. Me pregunta si ha hecho bien. Si pienso que volverá con el dinero. Le digo que sí, que seguro que lo hará y que si no lo hace es porque habrá pedido a demasiada gente, pero es bueno que la haya ayudado. Y pienso en la mujer que me abordó en el metro la semana pasada. Hablaba un inglés con acento alemán bastante forzado. Le habían robado y necesitaba algo de dinero. Creo que yo le presté veinte.

viernes, 29 de agosto de 2008

Ver para creer

D. quiere una mujer para recordar. Me mira como si tuviera que darle la razón. No tengo ni idea de qué me está hablando. Miramos la televisión en silencio desde hace horas. Hay una serie de cirujanos. Una doctora muy elegante trata de resolver un misterio de mágia negra. Acaba de complicársele el tema porque la acusan a ella de un crimen y D. quiere una mujer para recordar.
- ¿Qué quieres decir? - le pregunto.
No contesta. Está concentrado con todas sus fuerzas en la serie. Me incorporo. La doctora tiene un amigo policía que le echa un mano. Es un poco tímido pero sabe conducir rápido y disparar. Al parecer se gustan pero no acaba de quedar claro del todo. O no quedaría si el guionista se esforzara un poco más.
- Hay mujeres que me daría pereza conocer, - comienza de improviso D. - pero me gustaría tener el recuerdo de haberlas conocido.
Me levato y apago el televisor. D .se queja, la doctora estaba a punto de descubrir al malo.
- ¿Qué haces?
- Se acabó. Vamos a dar una vuelta.
D. continúa mirando el televisor consternado. Balbucea algo que no logro comprender y se levanta arrojando el mando a distancia sobre el sofá.
- Tienes razón - me dice no muy convencido. Salimos a la calle. Un viento frío repta por entre los edificios y decidimos andar en su contra. Caminamos un par de manzanas sin hablar.
- De todas formas - comienzo tratando de animar a D. - Ya se sabía que el malo era el panadero.
D. levanta la cabeza pero no parece más contento.
- Pero hay que verlo - protesta.

sábado, 23 de agosto de 2008

Hábitos

Desayuno con H. en una cafetería del centro. Hace sol y nos sentamos en la terraza a leer los suplementos culturales del fin de semana. Entre sorbo y sorbo de café H. sonríe y lee en voz alta algunos de los párrafos que va encontrando en los artículos. Así me entero de la vida sexual de un escritor judío muerto recientemente, del amor por los gatos de un autor decimonónico o de los hábitos de lectura de cierto editor que al parecer pasó más tiempo de su vida encerrado en su biblioteca que en ningún otro lugar. Que cosas. Pienso en dónde habré pasado yo más tiempo en mi vida. Después de darle vueltas creo que en el cuarto de baño.

En la mesa de al lado dos mujeres de mediana edad intercambian, entusiasmadas, opiniones sobre un programa de entrevistas que dieron ayer por la noche en Televisión. Comentan el divorcio de un torero o algo por el estilo. H. llama de nuevo mi atención y rescata del diario la tendencia a las crisis de ansiedad de una escritora inglesa de mitad del siglo pasado. Me muestra el retrato de la aludida. Tal vez sea cierto. Su mirada es puro nervio. No he leído nada suyo. Le pregunto a H. que dicen de sus obras, un pequeño resumen del argumento y algunas pinceladas de su tremenda influencia en la contemporaneidad literaria. Nada. Así que termino con la mismo idea de sus textos que las dos señoras de verónicas y pases de pecho. Pregunto a H. que opina de la conversación de la mesa de al lado. H. escucha a las dos mujeres detenidamente. Después me mira como si hubiera dicho una tontería. Me da igual - responde. Y vuelve al diario muy animado para revelarme la afición a la mariguana de un escritor sudamericano. El camarero nos atiende por si queremos tomar alguna cosa más. Miro el reloj tratando de decidir si es demasiado temprano para empezar a beber. O demasiado tarde.

:: PALABRAS RECIENTES.